Oveja Chilota: la historia de la raza y la lana que tejen las familias de Chiloé

En Chiloé las mañanas de invierno casi nunca empiezan con sol. Empiezan con una llovizna fina que no moja de golpe, sino de a poco, mientras el pasto de los potreros se pone de un verde casi eléctrico y las ovejas —negras, grises, color café, manchadas— siguen comiendo como si el agua no fuera con ellas. Para quien no es de la isla, esa escena puede parecer solo un paisaje bonito. Para quien conoce el archipiélago, ahí hay una historia de más de cuatro siglos: la de una oveja que se hizo chilota a fuerza de lluvia, aislamiento y trabajo de generaciones de mujeres tejedoras.

Esa oveja tiene nombre propio —oveja Chilota— y es, hasta hoy, la única raza ovina reconocida oficialmente como chilena. Su lana, gruesa y de colores naturales poco comunes, ha vestido y abrigado a las familias campesinas del archipiélago desde la Colonia. Vale la pena conocer su historia antes de hablar de lana para tejer.

(Encontrarás la línea de tiempo completa, los datos técnicos de la fibra y la paleta de tintes naturales en la infografía que acompaña este artículo — aquí contamos la historia sin llenarla de cifras.)

¿Qué es la oveja Chilota?

La oveja Chilota (también llamada ovino criollo chilote) es una raza ovina local, adaptada durante siglos al clima húmedo y a los suelos de baja calidad forrajera del archipiélago de Chiloé, en el sur de Chile. En enero de 2010, el Servicio Agrícola y Ganadero (SAG) la reconoció oficialmente como raza, a partir del trabajo del Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA) junto a criadores privados y autoridades regionales. Es, hasta ahora, la primera y única raza ovina registrada como chilena.

Es un animal pequeño a mediano, de perfil recto y sin cuernos en ninguno de los dos sexos. Pero su rasgo más conocido no es su forma, sino su color: a diferencia de las razas comerciales criadas para dar lana blanca y uniforme, la oveja Chilota conserva tonos naturales que van del negro al gris, pasando por café y rojizo. No es casualidad que en Chiloé todavía se le diga “la negra” a esta oveja, en contraste con las ovejas blancas de otras razas introducidas.

Una historia que comenzó hace siglos

El origen de la oveja Chilota está bien documentado. Los ovinos llegaron al archipiélago en 1568, con la fundación del puerto de Castro, traídos desde el Perú por Francisco de Castañeda. Esos animales descendían de ovejas ibéricas del tronco conocido como “ibérico-churro”, más rústico y adaptable a climas difíciles que la oveja Merina.

Durante mucho tiempo esa fue solo una hipótesis histórica, hasta que investigaciones genéticas de INIA —en colaboración con universidades españolas— confirmaron un parentesco cercano entre la oveja Chilota y razas ibéricas actuales, en particular la Castellana y la Churra, dentro de la cual se ha señalado a la churra lebrijana (Sevilla) como uno de los troncos más próximos. Curiosamente, ese mismo tronco dio origen, por otras rutas de colonización, al navajo-churro en Estados Unidos y al borrego chiapas en México: tres razas americanas distintas con un antepasado ibérico común.

Entre esa llegada y hoy hay más de 450 años de historia ganadera en Chiloé —tanto que la FAO reconoció el sistema agrícola chilote como Patrimonio Agrícola Mundial (SIPAM)—, tiempo suficiente para que el aislamiento del archipiélago actuara como un laboratorio natural de selección: no un mejoramiento dirigido, sino la simple pregunta de “quién sobrevive mejor en este clima”. Así se explica buena parte de sus características actuales: una oveja resistente a la humedad constante y a las enfermedades podales, capaz de aprovechar forrajes de baja calidad e incluso, en zonas costeras, de comer matorrales, juncos y algas durante la marea baja. Nada de esto se lo enseñó nadie; se lo impuso el territorio, generación tras generación.

¿Qué hace diferente a su lana?

Conviene ser precisos, porque es fácil caer en frases publicitarias que no resisten una revisión técnica. La lana de la oveja Chilota no es la lana más suave ni la más cálida de Chile —no hay evidencia que permita afirmar eso—, pero sí tiene características objetivas que la hacen distinta.

Es una fibra gruesa y heterogénea, de doble capa, con pelos más rígidos entremezclados (“kemp”) y buena ondulación para el hilado a mano. Estudios de INIA la sitúan claramente por sobre el rango de las lanas finas tipo merino, lo que la hace más áspera al tacto —esos datos están en la infografía—, pero esa misma rusticidad tiene su lado útil: buena capacidad de fieltrado y un volumen (“cuerpo”) que la vuelve especialmente apta para tejidos gruesos, alfombras, tapices y artesanía textil, más que para ropa interior o prendas livianas. Es el tipo de fibra que en varias tradiciones textiles del mundo —incluidas otras lanas churras americanas, como la del navajo-churro— se valora por su durabilidad, no por su suavidad.

A esto se suma su policromía natural: se han identificado hasta siete coloraciones distintas en el vellón de la raza, siendo el blanco, curiosamente, el color más escaso. Buena parte de la lana chilota nace ya “teñida” por la genética, sin necesidad de colorantes, algo que las razas comerciales —seleccionadas durante décadas para dar lana blanca fácil de teñir industrialmente— dejaron de lado hace tiempo.

La lana y la vida de las familias chilotas

Antes de que las ovejas llegaran a Chiloé, ya existía en el archipiélago una tradición textil propia. El pueblo mapuche-huilliche desarrolló, en tiempos prehispánicos, un telar horizontal bajo llamado quelgo, que originalmente se tejía con fibra de guanaco. La extinción local del guanaco y la llegada de las ovejas españolas hicieron que la lana ovina reemplazara a esa fibra, sin que el telar ni la técnica cambiaran demasiado.

Desde entonces, el vínculo entre oveja, lana y familia chilota ha sido casi ininterrumpido. Durante la Colonia existieron “obrajes”, talleres textiles que organizaban el trabajo de las tejedoras de forma más comercial; cuando declinaron, hacia fines del siglo XVIII, el tejido volvió a ser una actividad doméstica, orientada al uso familiar y al trueque. El navegante holandés Hendrick Brouwer, que recorrió la zona en el siglo XVII, dejó constancia de que las mujeres chilotas llevaban consigo telares fáciles de armar para no dejar de tejer, incluso en desplazamientos.

Esa misma lógica —tejer como parte de la vida cotidiana— se mantiene hoy en la práctica del quelgo, registrada oficialmente como patrimonio cultural inmaterial en 2023. Son las mujeres —las “tejenderas”, como ellas mismas se llaman— quienes heredan y transmiten el oficio, generalmente de madres a hijas, tejiendo en la cocina de la casa mientras se cuentan historias familiares, mientras los hombres participan en la crianza de las ovejas y en la construcción del propio telar.

Del vellón al tejido

El proceso tradicional tiene varios pasos, todos a mano: se lava la lana con jabón suave para quitar la grasa y la suciedad, se carda para desenredar las fibras, y luego se hila con huso o rueca. El teñido tradicional no usa colorantes industriales, sino elementos del entorno —cortezas, hojas, raíces y minerales que dan negro, gris, violeta, rojo, amarillo o beige— con recetas documentadas por el Museo Regional de Ancud (el detalle completo, en la infografía). Durante la Colonia se sumó el índigo como tinte importado, y en el siglo XX llegaron las primeras anilinas, que convivieron con las técnicas naturales sin reemplazarlas del todo.

Con ese hilo —natural o teñido— las tejedoras chilotas han producido durante generaciones mantas, ponchos, calcetines, alfombras y el conocido gorro chilote, además de piezas más grandes como pieceras. No es casualidad que gran parte de esa producción se oriente a tejidos gruesos y abrigadores: es, otra vez, la lana misma la que impone el tipo de prenda que puede hacerse bien con ella.

Una raza que vale la pena conservar

La historia reciente de la oveja Chilota no es solo de continuidad, también es de pérdida: su población cayó con fuerza durante el siglo XX por el cruzamiento con razas exóticas de mayor rendimiento cárnico (los números exactos están en la infografía). Frente a eso, INIA inició en 2004 un programa de recuperación genética que hoy incluye un registro con decenas de criaderos certificados, además de la indicación geográfica que obtuvo el cordero chilote en 2014.

El trabajo, sin embargo, sigue enfrentando un desafío que no es solo genético, sino generacional. En un encuentro reciente en Castro, investigadores de INIA coincidieron en que falta que las nuevas generaciones se interesen en la crianza ovina y en que los propios criadores logren organizarse mejor para poner en valor —cultural y comercialmente— lo que tienen. Conservar la raza no depende solo de la ciencia, sino de que existan personas dispuestas a seguir criándola y tejiendo con su lana.

¿Sabías que...?

  • La oveja Chilota es, hasta hoy, la única raza ovina reconocida oficialmente como chilena, un estatus que obtuvo recién en 2010, pese a llevar más de 450 años en el archipiélago.
  • Algunas ovejas chilotas, en zonas costeras, complementan su alimentación con algas disponibles durante la marea baja cuando el pasto escasea.
  • El telar quelgo, con el que se sigue tejiendo la lana chilota, es más antiguo que la propia oveja en Chiloé: originalmente se usaba para tejer fibra de guanaco.
  • La misma raíz ibérica de la oveja Chilota dio origen, en otras rutas de colonización, al navajo-churro de Estados Unidos y al borrego chiapas de México.

Zona Chilhué y esta historia

Para quien teje o trabaja con fibras naturales, esta rusticidad es justamente el atractivo: una lana con cuerpo, buena capacidad de fieltrado y una policromía natural que pocas razas ofrecen sin usar un solo colorante. Contar todo esto no es solo un ejercicio de curiosidad: en Zona Chilhué trabajo con tejedoras que siguen practicando, con distintas variaciones, este mismo oficio — hilar y tejer lana de oveja del sur de Chile con las manos, como se ha hecho en la isla desde hace generaciones.

No pretendo decir que cada hebra que llega a mis manos proviene exclusivamente de la raza Chilota certificada por INIA —esa raza hoy es escasa y está en proceso de conservación—, pero sí que el oficio detrás de mis pieceras, chalecos y tejidos pertenece a esa misma tradición textil chilota: la del quelgo, la de las tejenderas, la de una lana que se trabaja distinto porque viene de un territorio distinto. Cuando eliges una de estas piezas, no te llevas solo una prenda de lana: te llevas una parte pequeña, pero real, de esa historia de más de cuatro siglos entre una oveja, su territorio y las manos que la transformaron en tejido.

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